El ritmo matinal en la Farmacia Calderín era frenético. Bullicio, trasiego y prisas que desentonaban completamente con la tranquilidad que se respira en el barrio histórico de San Juan, en Telde (Gran Canaria). Tanto movimiento en un espacio pequeño y angosto no lo ponía fácil ni a clientes ni a farmacéuticos; era complicado relajarse. La felicidad se logra mediante la buena salud del cuerpo y una “inquebrantable tranquilidad del alma”, reza una sentencia aristotélica. Y ése fue nuestro objetivo: sumar a un espacio de salud, la calma que le faltaba. Para conseguirlo, ensanchamos la sensación de amplitud sin tocar un metro cuadrado, favoreciendo que los clientes se sintieran más cómodos, y pudieran pararse a conversar. La comunicación visual, que abunda en los tonos marrones, también está pensada para llamar al sosiego.
Pero estamos olvidando lo más importante: el alma de la farmacia, que descubrimos por azar y que dio carácter a todo el proyecto. Después de 20 años trabajando en el local, Ana Calderín se deshizo de un falso techo que escondía un arco de piedra antiquísimo. Nuestro arquitecto sabía que el edificio está catalogado y protegido, por eso desconfió al ver unos pilares que no cumplían una función estructural específica. Convertido en arqueólogo amateur, fue descubriendo un tesoro escondido por capas de yeso y olvido. Fue rescatando la piedra de algunas otras zonas del local y, con ella, un pedacito de historia.
La personalidad de la farmacia ya estaba trazada y, con ella, establecido el cambio. Lo llamamos el paso de una farmacia pasillo a una farmacia boutique: pequeña, íntima, con mucho encanto… un lugar donde respirar quietud pese a las entradas y salidas constantes. Sin prisas; con calma.





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